lunes, 28 de junio de 2010

Colombia en un solo lugar




Mientras Bogotá duerme, en un lugar de esta gran ciudad, el día empieza. Cuando aún no amanece, mujeres, hombres y niños se disponen a trabajar. El tiempo parece contado para ellos, con prisa, los coteros cargan grandes bultos mientras en las calles el tráfico parece interminable, pareciera que cada paso que dan estuviese contado.

Rodolfo, un hombre de 43 años, se gana la vida alquilando carretas para facilitar el número de cargas, dice que su día empieza a las 3:30 de la mañana cuando llega a Corabastos y se dispone a trabajar en lo que hace 15 años se ha convertido en su sustento y en el de toda su familia.

Por su parte, Juan, un niño de tan solo 10 años, nos invita a probar de las jugosas frutas que vende. Es alegre, maduro para la edad que tiene, pero al fin al cabo niño. Rápidamente entablamos una conversación, me dijo que se levanta todos los días a las 3:00 de la mañana, que no va a la escuela porque si no trabaja, en su casa no comen. Un poco aterrada por lo que me contaba Juan, me dí cuenta de que en ese lugar se esconden mil historias y que sin lugar a dudas ahí estaba reflejada Colombia.

Me dio tristeza saber que a esa hora de la mañana, mientras normalmente yo estoy dormida, este pequeño trabaja como un guerrero, pero más que admirar su tenacidad, sabía que algo no cuadraba: cómo es posible que el artículo 44 profese que “son derechos fundamentales de los niños: la vida, la integridad física, la salud y la seguridad social, la alimentación equilibrada, su nombre y nacionalidad, tener una familia y no ser separados de ella, el cuidado y amor, la educación y la cultura, la recreación y la libre expresión de su opinión. Serán protegidos contra toda forma de abandono, violencia física o moral, secuestro, venta, abuso sexual, explotación laboral o económica y trabajos riesgosos”. Definitivamente lo que está escrito ahí, en nuestro país no se cumple. Y es que Juan le daba cara a toda una realidad social, una realidad que pareciera que ya estuviéramos acostumbrados a verla, pero que en definitiva nadie hace nada.

Siguiendo en mi travesía por este agitado lugar, me encuentro que no solo los hombres llevan en sus hombros el gran peso de los bultos, sino que también las mujeres lo hacen. La mayoría de ellas son madres cabezas de hogar, mantienen a sus hijos con este oficio. Es realmente impresionante como ellas trabajan igual que los hombres, esto nos dice que para ellas no hay nada grande y que cualquier trabajo es apto sin importar el sexo.

Es sorprendente como en un lugar se pueden ver todas las realidades, desde el dueño del restaurante que compra los alimentos para su negocio hasta las personas que se ganan la vida vendiendo toda clase de alimentos. Este es el mercado para muchos, otro mundo para otros, nuestra realidad vista desde todos los colores y ángulos y, para mi, una experiencia que difícilmente olvidaré.

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